No eres perfecta

El sábado pasado quedé con mi colega Marta, una galleta de mi pueblo que vive en Madrid desde hace unos años. La pobre había sufrido una caída estrepitosa, la cuarta de este mes, pero esta vez casi pierde la vida.

No ha podido evitar pasar por el taller del mecánico para someterse a un arreglo completo. Ha quedado muy bien, el profesional ha logrado reconstruir la mayor parte aunque ha tenido que desechar algunas zonas. Miradla qué guapa está, :D.

Os cuento, aunque la fotografía lo confirma, el tiempo no nos acompañó cuando quedamos. La mayor parte lo invertimos en ver caer la lluvia caer desde un porche muy bonito con vistas a la naturaleza del entorno hasta que pudimos salir y dar un paseo por la ciudad. Las horas se nos pasaron volando porque ni nos dimos cuenta de que la noche había llegado.

Nos los pasamos genial, revivimos nuestras aventuras del pasado…¡qué recuerdos! Creo que voy a poner melancólica, colegas. ¡¡¡No!!! Soy una galleta seca, las galletas no mostramos nuestros sentimientos en público

Tras despedirme de ella, tuve que coger una bici pública porque el metro ya estaba cerrado (colegas, sí las galletas andamos en bicis aunque están adaptadas a nuestra fisiología. Son muy bonitas, un día os la enseño, ¿vale?) me vino a la mente lo que había charlado con mi colega. Y claro, como soy una galleta que piensa demasiado las cosas hasta que no lo comparto con vosotros no me aclaro conmigo misma…

Marta se ha tropezado ya varias veces con el mismo cúmulo de azúcar morena y a pesar de casi perder la vida, no cambia porque siempre se tropieza con el mismo cúmulo. Esto me llevó a pensar en mis propios cúmulos.

No son igual que antes, puede que se parezcan mucho a los del pasado pero no son iguales. Esto quiere decir que hay algo que he cambiado de mi forma de andar, que aunque sea similar, me permite, a veces sí y a veces no, esquivar parte de esos montones azúcar.

¿Cómo lo he podido hacer sin darme realmente cuenta?

Sin poder establecer una premisa válida universal, yo la Galleta María estimo que este cambio en mis caídas se ha debido a que creo que no me gusta caerme con esos cúmulos por eso he cambiado mi forma de andar. ¡Sí, eso debe ser! Porque si no hay otra explicación… Pero, ¿por qué entonces se parecen mucho esos cúmulos y no son diferentes? ¿por qué se parecen tanto a los de hace unos años?….

Pero lo que verdaderamente me debería de preguntar, ¿por qué me sigo martirizando por los tropiezos con los cúmulos? Hay a veces que intento no culparme por las caídas, pero otras veces no puedo evitar hacerlo…

Estoy confusa…¿cómo puedo llegar a hacer dos cosas totalmente distintas?

¿Soy bipolar? o ¿es que no me quiero a mi misma lo que debería? No soy perfecta ni lo seré por mucho que lo intente. No existe la perfección universal en mi mundo, y en ninguno, por lo que no entiendo el porqué estoy enamorada de la María ideal y no de la que es. Bueno, mejor dicho, soy.

Reconozco que hay cúmulos que todavía no puedo evitarlos porque no sé esquivarlos. En vez de enfadarme conmigo misma, debería de celebrar la caída con ese cúmulo porque si la celebro, estoy feliz porque sé el cómo me he caído. Además de saber si mi subconsciente quiere o no volver a caerse. De esta forma decidir si hacer algo al respecto…o no hacer nada.

Este tema va a permanecer más en mi mente…lo presiento. Todavía no estoy tranquila.

Me voy a la cama. Mañana será otro día más y mejor. O al menos lo intentaré, colegas.

 

 

 

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